El miércoles 15 de mayo, a eso de las dos de la tarde, los chilenos fuimos notificados de un nuevo golpe de Estado. No al old fashion way que nos acostumbró en 1973 la derecha y su equipo asesor –El Mercurio, las Fuerzas Armadas y el empresariado-, sino uno más sutil, menos ostentoso, menos sangriento eventualmente.

El empresario Sven Von Appen fue reproducido en La Segunda –la misma del famoso “Mueren como ratones”- diciendo que sería bien bueno que viniera una crisis financiera para que los chilenos pararan el hambre que los embarga. Que lo mejor sería tener un gobierno de izquierda comunista para que aprendamos lo que es bueno, para que al fin valoremos lo que el neoliberalismo nos ha dado.

Tal vez esto explique el miedo oculto de Camilo Escalona a que lo saquen del Parlamento. En fin de cuentas, él siente que es un contrapeso, una suerte de muro de contención contra este desparpajo neo fascista de Von Appen y que, en suma, es un buen negociador del gatopardismo del sistema político chileno.

Él no está para fumar opio y por eso siente que es una garantía para ambas partes. Entiende que detrás de las destempladas frases de Von Appen se oculta el pavor a la vuelta de la señora Bachelet que, según los diarios y medios de comunicación del duopolio, llegó más “rojita”. Escalona debe guardar el convencimiento de que TIENE que estar ahí cuando ambas fuerzas se enfrenten. Él contendrá a los alzados a cambio de un poco de pan y circo.

Los Escalona, los Lagos, los Insulza, los Solari, los Estévez y por supuesto toda la realeza DC, han sido garantes y salvaguardas de este empate ideológico en el que vive Chile. La medida de lo posible, la democracia de los acuerdos, el jarrón, y los acuerdos de estabilidad de Longueira, son la música con que hemos tenido que bailar, no importa si nos gusta y menos aun si no nos gusta.

Lo fatal es que no hay alternativa. ¿Qué es peor? ¿La plácida mirada conservadora que nos impele a vivir la vida con resignación cristiana de Orrego, Walker o Alvear? ¿O el espejismo que ofrece el socialismo de Andrade y sus niños que pelean por llegar al Congreso sin que la ciudadanía les dé visto bueno? ¿La Señora y sus amigas?

No pues. No hay alternativa. Gabriel Salazar tiene razón cuando fustiga al Partido Comunista por intentar llegar a uno de los balcones del poder de manera oblicua, usando la inexplicable votación de la Concertación, para “en teoría” llegar a cambiar el modelo. ¿Qué van a cambiar? ¿El modelo? ¡El modelo no se toca! ¡De eso se trata todo esto!

El relajo de Von Appen y la salida de Fontaine desde el CEP son señales que hablan de un terror no a Bachelet, sino que a lo que viene detrás empujando a Bachelet: El movimiento social. “Estos chilenos hambrientos” que piden locuras como educación gratuita, nacionalización del agua, royalty a la minería, fin de la destrucción de glaciares o decidir quién llega al Parlamento.

¿Recordemos otra frasecita para el bronce? “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible. Ella no pesa como opinión ni prestigio”, dicha en 1889 por el canciller Eduardo Matte, bisabuelo del clan Matte.

Richard Dawkins el furioso genetista inglés, nos ha enseñado que no hay nada más egoísta y persistente en nuestra historia de apenas unos cuantos millones de años, que la herencia genética. Pues ya vemos cómo en un suspiro de un par de siglos, esta visión sobre de la masa vendible –o sea, todos los que no pertenecemos a las élites gobernantes- no ha cambiado ni un ápice. Egoístas por derecho divino, además.

Se me puede acusar de sacar a relucir el lastimero debate nietzscheano de “moral de esclavos versus moral de señores”. Pero el mundo ya no es el mismo en el que vivieron el filósofo y el mercader (Nietzsche y Matte, obvia y respectivamente). La sociedad humana avanza necesariamente hacia parámetros de mayor inclusión y menor salvajismo, a pesar de la religión o las derechas del mundo. Hoy, es impensable el trabajo infantil como sí lo utilizaban gente de la misma estatura que los Matte a principios del siglo pasado. Bueno, aún se utiliza trabajo esclavo, desde la minería hasta la elaboración de los flamantes gadgets de los que gozan chilenos hambrientos y no hambrientos, pero debemos concordar en que antes este debate ni siquiera existía.

El asunto es que si no se produce una nueva UP, los empresarios se encargarán de inventarla. El modelo ya está probado; lo hicieron cuando botaron a Allende con un cuidado desabastecimiento y desestabilización de la economía. Eso también se llama boicot. La tentación es grande, es cosa de sacar las inversiones y llevarlas a lugares más seguros. Más de alguno de los amigos debe tener un dato de un banco en algún paraíso fiscal donde guardarla hasta que los muertos-de-hambre-malagradecidos lleguen de rodillas a las puertas de la empresa, implorando que la derecha vuelva al poder, para llenarnos de pleno empleo y gobiernos de excelencia.

Esto, de verdad da susto.

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