Pocos años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se consolidó la Declaración Universal de los Derechos del Niño, estableciendo entre sus puntos principales que los niños deben ser no solo amados, educados,  alimentados y provistos de oportunidades, sino que respetados en su identidad.

Y es que la identificación de una persona con el género opuesto es algo tan antiguo como la humanidad, existiendo relatos que exploran dicha temática en casi todas las culturas del mundo, como la transformación sexual del adivino Tiresias, el travestismo de Hércules al servir a su futura esposa Ónfale y otros casos relatados en las Metamorfosis de Ovidio, en la cultura grecolatina, lo que contrasta con la condena del Antiguo Testamento a los hombres que vistan de mujer y mujeres que vistan de hombre (Dt 22:5), entre los cientos de pecados y condenas repartidos por sus páginas.

Pero dejando de lado las prohibiciones bíblicas, y centrándonos los valores seculares de tolerancia, inclusión y respeto a la diversidad, el Ministerio de Educación, como máxima entidad responsable de hacer valer los Derechos del Niño, envió un oficio a todos los colegios del país en los que se conmina a los colegios a:

“…respetar los derechos de los alumnos trans y para ello tienen que adoptar medidas de apoyo de acuerdo a la identidad de género de los estudiantes, como el uso del nombre social, uniforme y facilitar el uso de baños y duchas de acuerdo a las necesidades propias del proceso que estén viviendo, y respetando su identidad de género…”.

Inmediatamente la Conferencia Episcopal de Chile hizo una declaración pública, condenando este oficio “inconsulto”, esto es determinado sin consultarlo con autoridades religiosas ni apoderados religiosos, planteándose como víctimas de una autoridad que los obliga a hacer algo que va en contra de su dignidad e identidad confesional, ignorando el más básico concepto sobre un derecho; nuestros derechos (como el derecho a libertad de culto y creer que la homosexualidad y transexualidad sean pecados) terminan donde empiezan los derechos de los demás (en este caso, el derecho del niño al respeto de su identidad), pero ¿debe sorprendernos esta actitud?… para nada.

La Organización de las Naciones Unidas – ONU – tiene hoy 193 miembros, de los cuales el Vaticano no es miembro sino solo observador y es natural, pues la “Santa Sede” se considera por sobre cualquier organización humana a la que haya que responder y no se ha sujetado jamás a sus preceptos.

Su grito de indignación por no haber sido consultados habla de una soberbia espantosa donde estos deben tener siempre algo que “reflexionar” en relación a lo que las mejores prácticas en educación determinan, su necesidad de ser consultados no es sino exigir que se mantenga la costumbre de permitirles hacer lo que estimen conveniente, esto es manteniendo la educación de sus niños bajo su propia mirada basada en mitos insustanciados y no en los derechos de los niños, la evidencia médica ni en el sufrimiento de los niños trans.

Da la impresión que la Conferencia Episcopal no se da cuenta que vive inmersa en una sociedad secular, donde su influencia está, o debiera estar, enclaustrada en sus templos. Esperemos que este y muchas otros oficios del Ministerio de Educación y de una sociedad donde hay separación entre Iglesia y Estado, les den espacio para que “reflexionen” sobre sus propios méritos, que se miren el ombligo, que busquen mecanismos para reencantar a sus feligreses, que limpien su casa denunciando a la justicia los casos de pedofilia que ocultan y no simplemente hacer investigaciones clericales y “castigarlos” sólo con quitarles labores sacerdotales, y quizás luego puedan legítimamente aclarar sus gargantas con un “ejem” que sea respetable y digno de ser escuchado.

Álvaro González

Sociedad Atea de Chile

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