Una vez más el mundo se lamenta por un crimen de odio, y nosotros, como Fundación Sociedad Atea de Chile, expresamos también nuestro pesar por la tragedia ocurrida este domingo 12 de junio en Orlando, Florida (EE. UU.). En momentos así, son apreciadas las condolencias y mensajes de apoyo de todas las personas, crean lo que crean, que comparten el dolor de víctimas y sus familiares, pero si realmente queremos mejorar como sociedad, hay que hacer un llamado a no olvidar la raíz del problema.

Repetir esas mismas frases: «Dios es amor; no odio», «El Islam es la religión de la paz» o: «Esto fue por homofobia, no por religión», sólo sirve para ocultar un hecho patente: tanto la Biblia como el Corán, los Hadices y otros libros religiosos, incluyen pasajes que promueven el odio, la discriminación por diferencias religiosas, por género y por orientación sexual.

Negarlo sólo ayuda a perpetuar la idea de que estos libros son «sagrados», «nobles», «inerrables» y «perfectos». De este modo siempre habrá quien se tome a pecho los mandamientos que incitan al odio por sobre algún versículo particular que pueda parecer más pacífico.

No es sorpresa que ningún estado islámico pueda condenar abiertamente esos versos del Corán o de los Hadices, de la misma forma que el Vaticano no es capaz de denunciar como inmorales los mandamientos de Levítico, los pasajes homofóbicos en la Epístola a los Romanos, ni mucho menos firmar la Carta Internacional de los Derechos Humanos en relación con la no discriminación de mujeres y homosexuales.

La solución, obviamente, no es salir a quemar los libros que no nos gusten, sino todo lo contrario: leerlos con pensamiento crítico; estudiar y cuestionar estos textos a la luz de la ciencia y de los valores humanistas a los que aspiramos como sociedad; tener el coraje de analizar los versos que incitan a odiar por diferencias religiosas, por orientación sexual, e incluso a tomar esclavos, asesinar y someter mujeres, y decir rotundamente que tales ideas no pueden subsistir en una sociedad moderna, ni mucho menos llamarse «sagradas».

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