JPII“Como sucesor de Pedro, pido que este año de misericordia [de] la Iglesia, fuerte por la santidad que recibe de su Señor, se ponga de rodillas ante Dios e implore el perdón de los pecados pasados y presentes de sus hijos”, escribió el innovador Santo Padre en 1998, en la Bula Incarnationis Mysterium.

En este acto de contrición, Juan Pablo II pide perdón, lo cual es un gesto moral importante, ¿no cree usted? Que el máximo representante de la Iglesia Católica se haya decidido a pedir perdón públicamente por sus “pecados”, cometidos durante 20 siglos, parece una gran cosa. Pero, ¿por qué pidió perdón? Veamos:

  • Las Cruzadas
  • La Inquisición
  • La persecución de los judíos
  • Injusticia a las mujeres
  • Las conversiones forzadas de los indígenas de diferentes continentes, especialmente en Sudamérica
  • Eltráfico de esclavos en África
  • La admisión de que Galileo tenía la razón
  • La tortura sistemática y legalizada durante la Contrarreforma
  • El silencio durante el Holocausto
  • El saqueo de Constantinopla y la destrucción del Imperio Bizantino
  • La anatemización de todos los cristianos ortodoxos
  • Los asesinatos y conversión forzada de los ortodoxos serbios (en plena IIWW, en los Balcanes)

A la vez, no pide perdón pero muestra “arrepentimiento” por la tortura y violación de niños en orfanatos católicos, la tortura sicológica de la Teología del Limbo, seguidas por más de 90 atrocidades de igual o peor calibre. Todo en un tono eufemístico casi exculpatorio (“fue sin querer queriendo”). Analicemos este acto. Para los católicos, la confesión es previa a la absolución, en la cual un sacerdote estima la penitencia para luego perdonar. De la misma manera, para absolverse de tanta sangre en las manos, comenzaron una confesión, pidiendo perdón públicamente, pero nadie estableció jamás ninguna penitencia que el mundo haya visto que estén pagando.

¿Es digna esta confesión, esta petición de perdón? No lo creo ni por un minuto.

Primero que todo, se evidencia la hipocresía de la doctrina católica y cristiana en general del perdón subsidiario de los pecados. Ellos creen que un único acto sacrificial, un asesinato ritual, un homicidio deicidio es el acto más formidable de pago por las malas acciones de la humanidad: el sacrificio de Jesús los lava a todos y les da nueva vida, ¿no? Pero no sirve, no es real. Por un lado, ¿qué pago hay en no morir? Ninguno, y todos los cristianos repiten diariamente que su Dios resucitó de entre los muertos. Por lo tanto, no está muerto, y si no murió, no hubo pago ni sacrificio alguno. Por otra parte, en lo que respecta a la confesión, es moralmente insidioso el acto de pedir absolución y perdón a terceras partes y no a quienes se hizo el mal.

Si yo le miento a alguien, después le puedo decir la verdad y me puede perdonar la mentira. Si golpeo a alguien, posteriormente, cuando sus heridas hayan sanado, puedo arrepentirme y pedirle que me perdone. Tal vez lo haga, y lo mismo si robo (aunque no si asesino). Entonces, ¿qué valor tiene la confesión en caso de que yo mienta, golpee, robe y maltrate para luego, haciendo caso omiso de los afectados, me arrepienta y pida perdón a mi amigo imaginario? Ninguno. El mal hecho a una persona solo puede ser disculpado por la persona a quien hicimos mal, cualquier otro gesto es vacío.

Juan Pablo II debió haber pedido perdón a los descendientes de los árabes que en sus Cruzadas masacraron, y que sus tierras expropiaron. Correspondía que pidiera perdón al mundo librepensador por haber torturado a quienes les mostraron la luz del Iluminismo, y a los descendientes de tantas sectas católicas con las que arrasaron despiadadamente. Tendría que haber solicitado la compasión de la comunidad judía internacional por haberlos perseguido por siglos, culpándolos de un crimen inexistente. Debió obligarse a ponerse de rodillas en frente de cada una de las mujeres de este planeta a las que ha tratado como meros elementos reproductivos sin derechos, y ante los escasos sobrevivientes indígenas latinoamericanos, a quienes diezmó mediante el cruel genocidio y también con sus misioneros infectados con enfermedades venéreas y de todo tipo. Debió haberse arrastrado frente a los miles de feligreses a los que sus sacerdotes han violado sexualmente y se resisten en reconocerlo.

Pero no lo hizo pues, como representante en la Tierra del Dios en el que él cree, se pidió perdón a sí mismo, siendo este el acto más hipócrita y egoísta que podamos atestiguar y que, 15 años después, podemos verificar que no sirvió de nada, pues sus huestes siguen teniendo actitudes que ofenden la decencia de cualquier persona moralmente decente.

Desafortunadamente, lo que sea que crea, diga y haga la Iglesia Católica tiene influencia en Chile y en el mundo entero. Es por eso que quería refrescar la memoria sobre atrocidades continuas llamadas meramente “pecados” o “faltas”, para que no nos ceguemos con voladeros de luces de hipocresía y falsedad, y no veamos blanco sobre negro, que es lo que busca astutamente esta gente.

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