“El comportamiento ético de un hombre debería basarse suficientemente en la simpatía, educación y los lazos y necesidades sociales; no es necesaria ninguna base religiosa. El hombre verdaderamente estaría en un pobre camino si tuviera que ser reprimido por miedo al castigo y por la esperanza de una recompensa después de la muerte.”

Albert Einstein

El Diccionario de la Real Academia Española define Desvelar como el “quitar, impedir el sueño, no dejar dormir”. Esta actitud de desvelado debe ser una de las directrices guías en la vida del ateo: necesita mantenerse en vigilia. Sin embargo, existe un segundo requerimiento para con él tanto más importante: el desvelar a los demás. ¿Qué quiero decir con toda esta alusión al estar dormido o despierto? Pues, antes que todo, declaro que el bello durmiente es el creyente.

Históricamente el ateo – y uso aquí un sentido amplio de ateísmo atendiendo tanto al militante en la praxis, como al que intelectualmente lleva a cabo constantes mecanismos de duda – ha sido objeto de insultos, desprecios o burlas; ha sido condenado por inocente. Era el hereje, el brujo, el poseído demoniacamente, el blasfemo, el inadaptado. Inadaptado, sí. Ateo era y es el que no podía concebir la realidad tal cual se la quería hacer ver; ateo era y es el que no quería caer en el conformismo de la alienación; ateo era y es el que no dormía ni dejaba dormir.

En Juan 3:18 se dice: “El que cree en él <Jesucristo>, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios”. El no creer era/es pecado. Repitámoslo: no creer es pecado. Y yo me pregunto: ¿es más dañino des-ilusionarse, decir basta a la imaginación, comenzar a razonar, despertar? ¿O es más dañino creer en profetas tan mortales como nosotros, en libros que pueden ser producto del ideario ficcional subjetivista? Si creo en algo es porque no tengo certeza de su existencia ni tampoco la podré tener, pues de lo contrario ya no tendría que creer (tener fe), sino que ver, oír, sentir. Si creo en algo es porque necesito que me digan qué hacer, qué decir, qué pensar. Si creo en algo es porque no confío en mi mismo ni en los demás.

Creer en un dios es no querer creer en mí. Creer en una deidad que existe o que es, resulta imposible para quien despertó del sueño: del sueño que hace a los hombres verse como seres débiles que necesitan un protector (que no conocen), como seres que serán recompensados o castigados por la divinidad, o como seres que no pueden tan sólo forjar su propio destino, su amor fati, que no pueden vivir de las ambigüedades y contradicciones propiasde la existencia, que no pueden ser, como diría Jean Paul Sartre, hombres y mujeres “libres, responsables y sin excusas”. La enajenación que nos impone el dios o los dioses es brutal. Como muchos lo han señalado a lo largo de la historia, la religión se basa en el terror; funda un miedo que sólo puede ser aplacado por ella misma: paradojas de una invención humana.

El ateo se desveló. He ahí su falta y su grandeza: he ahí su trabajo. El ateo no puede volver a caer en el sueño. Su rol en la sociedad es ir despertando conciencias, no burlesca ni violentamente, sino por medio de la incentivación del uso del raciocinio. En Levíticos 26:6 se señala: “Yo <Yahveh> daré paz a la tierra y dormiréis sin que nadie os tumbe; haré desaparecer del país las bestias feroces, y la espada no pasará por vuestra tierra”.

Ateos y ateas, críticos y críticas, dudosos y dudosas, desvelados y desveladas, os invito a ser unas bestias feroces.

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