noalcatolicismoDe vez en cuando recordamos que Chile es un Estado Laico, lo que a grandes rasgos significa que el aparato público, estatal y político no adhiere ni reconoce como oficial ninguna religión en concreto, lo cual supone la nula injerencia de cualquier credo, confesión o fe. Sin embargo aquel entendimiento de laicismo, nubla la verdadera dimensión y alcance de esta ética de estado, sugiriendo erróneamente que es posible apartar lo confesional de la esfera pública -y del poder-.

Sin ánimo de menospreciar siglos de lucha por el laicismo de estado, creo que es tiempo de abrir espacios a nuevos y más sinceros mecanismos de desvinculación de lo público con lo religioso, partiendo por manifestar que el Estado Laico no existe; es una irrealidad, una ingenua y esperanzada aspiración de alcanzar un legítimo Estado sin Dios.

Con frecuencia olvidamos que detrás de las instituciones, de los órganos y organismos públicos, que detrás del aparato administrativo, que detrás de los poderes del Estado, existen e interactúan seres humanos en quienes siempre subyace una idea, una creencia, un entendimiento del cosmos, que por lo general se asocia con Dios u otras supersticiones institucionalizadas y dogmáticas ¿De verdad podemos confiar que las personas son capaces de desdoblarse a tal punto que, mientras en el ámbito privado se consagran con fervor a su Dios, en lo público pueden obrar apartados –u en contra- de su fe?. No, no podemos confiar en ello, lo contrario sería abrazar un absurdo que contradice cada una de las características propias de la naturaleza humana.

ateismoEl Estado Laico debemos entenderlo como una estación, una parada que en su época satisfacía la aspiración de un Estado sin Dios, pero que hoy en día resulta insuficiente, porque en sí misma es insuficiente –ontológicamente incapaz de permitirnos alcanzar un Estado sin Dios-. Es necesario dar una siguiente zancada, y ese paso es el Estado Ateo.

El ateísmo de estado tradicionalmente se ha entendido como la exclusión, por parte del Estado, de todo tipo de credo, a través de la promoción activa del ateísmo y la persecución de la religión, coartando derechos tales como la libertad de culto y libertad de expresión. En lo personal, no adhiero en absoluto a este concepto, influenciado principalmente por la experiencia soviética del gosateizm. En mi opinión el Estado Ateo es simplemente un Estado sin Dios, donde el aparato público no promueve la no creencia de Dios, sino que derechamente omite cualquier referencia de éste; saca a Dios de la ecuación, lo suprime y lo ignora, sin verse obligado a hablar siquiera de él.

Veo el Estado sin Dios como un proceso, que se acaba cuando se alcanza.  No es posible en un Estado Ateo hablar de Estado sin Dios, dado que ello sería una referencia que no lo suprime del todo, y como todo proceso, requiere de un tiempo prudente para su maduración.

Ahora bien, el Dios que nos interesa suprimir es el Dios institucionalizado, el doctrinal. No podemos ignorar que el entendimiento cosmogónico de las personas, infinitamente complejo, hace imposible apartar ideas que muchas veces coquetean con la superstición. Por lo que la creencia de un Dios privado, de un Dios íntimo, el que sirve muchas veces para colmar vacíos o sanar aflicciones, no amenaza en absoluto a éste concepto de Estado Ateo.

El proceso del Estado Ateo, demanda educar a sus ciudadanos sin Dios, lo que no implica promover su no creencia, sólo suprimirlo del debate; las personas luego serán libres de creer en cualquier clase de quimeras, en privado. El Estado Ateo demanda además la necesidad que, detrás del aparato público existan personas en cuyo entender cosmogónico no intervenga la creencia de un Dios institucionalizado.

Abandonar el concepto de Estado Laico y demandar un verdadero Estado Ateo, es el siguiente paso que debemos comenzar a considerar, aspirando en todo momento alcanzar un legítimo y verdadero Estado sin Dios.