A raíz de una carta publicada en radio Bio Bío, en que una ciudadana se queja de los molestos ruidos de los evangélicos en los espacios públicos hemos reflexionado sobre la libertad de cultos en Chile.

Impulsada por el gobierno del ex Presidente Ricardo Lagos, es muy permisiva y permite que cualquier hijo de vecino cree su propio credo o Iglesia. Con pocos requisitos, una persona puede formar una institución sin fines de lucro destinada a fines religiosos que detrás esconde evasiones tributarias, fraudes y estafas a muchos crédulos llamados “fieles”.

Varios casos han denunciado los medios de comunicación sobre este punto en particular, pero más allá de lo turbio de esta situación de vacíos legales y lagunas tributarias, surgen como las callampas las iglesias con distintos nombres.

Estas iglesias tiene que buscar clientela en donde sea. Este es uno de los principales motivos para salir a las calles a predicar la palabra del Señor y golpear puerta por puerta todas las casas del barrio que rodean el nuevo templo y así poder juntar un grupo suficiente de fieles que mantengan al pastor, al templo y los gastos de la Iglesia.

predicaEsta es una explicación económica de este fenómeno de invasión de espacios públicos, pero no la única. Muchos predicadores instalados en las plazas y otros espacios públicos son también fanáticos que se siente tocados por algún poder divino o destinados a una misión evangelizadora. Ciegos de toda norma social, se lanzan a la vida saltándose todos los códigos del respeto del otro o las libertades colectivas.

A esta gente se le debiera aplicar algún código salido de las normas sanitarias de contaminación acústica, por lo menos. Tanto grito, tanta prédica, tanto fanatismo, tanta violencia, ¿Para qué? para que los demás, los no fanatizados, terminémonos riéndonos, teniendo lástima y compadeciéndonos de ellos.

La religión es una opción personal, íntima, que obedece a una tradición familiar y debe ser cultivada en esa forma, en templos y lugares acotados para este fin. No en los espacios públicos destinados desde su creación a la discusión de los asuntos del Estado, en la antigua Grecia. Los espacios públicos son laicos y como tales, no pueden ser el escenario de un grupo fanatizado que grita destempladamente sobre sus creencia particulares.

Se adjunta la carta enviada a Bio Bío.

Señores BioBioChile:

Quiero comentarles respecto de una situación que muchos, en mi concepto, sufren a diario.

Paseando por el centro de Concepción he sido testigo de cómo muchas personas armadas de un megáfono, mucha locuacidad y, por qué no decirlo, muchísima personalidad, pregonan a viva voz sus creencias religiosas intentando -no sé si en vano o no- que otros “se iluminen” con su mensaje.

Hasta ahí quizás sea razonable: creen en algo que supuestamente es muy conveniente y quieren que otros se hagan parte y “gocen” de aquello.

Pero esta mañana pasé de testigo a víctima. Mientras estaba en mi casa intentando realizar algunas actividades laborales que me demandan mucha concentración, me vi en la obligación de cerrar todas las ventanas de mi hogar, las que había abierto con el ánimo de llenarme de aire fresco y aprovechar la agradable temperatura ambiental.

¿Por qué? Simplemente porque esa voz que llegó desde la calle a través de un megáfono con un “llamado de Dios” atentó contra mi concentración y mi buen ánimo. El problema es que en realidad no se trataba de una voz, sino de un gritoneo incesante que se colaba por mi ventana.

Miraba yo hacia el centro de la plaza donde esta dama pregonaba megáfono en mano la palabra de Dios y me preguntaba: ¿de qué “amor” me está hablando si ni siquiera es capaz de respetar la tranquilidad de los vecinos del sector? ¿Qué amor hay hacia los adultos mayores que a esa hora intentaban descansar en ese espacio público? ¿Y qué pasa si alguna persona enferma intentaba recuperarse en su cama?

Creo que la atribución que se toma de gritonear frente a quienes están a su alrededor, e incluso a varios metros de ella, está lejos del “amor” del que ella tanto habla.

En definitiva creo que es un acto violento, que está lejos del respeto y del amor de Dios.

Gracias por este espacio.

Alejandra

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