Desde hace un tiempo hemos visto como la mentada separación de la Iglesia y el Estado no es más que un lindo recuerdo que partió en la Constitución de 1925 y que terminó en algún momento de la Dictadura de Pinochet.

Nunca más nuestro país volvió a tener límites claros entre las instituciones religiosas y el aparataje estatal. Hoy podemos ver imágenes de virgencitas en las oficinas públicas, crucifijos, cruces de todos los tamaños, estampitas, mensajitos con frases de la biblia en centros de atención al público, pesebres gigantes en las afueras de La Moneda y algunos municipios, entre otros muchos ejemplos.

Pero, ¿qué pasó en medio?. La política ultra conservadora católica que ideó la Constitución del 80 es parte importante del problema. Pero fueron más allá de la letra. Lo instauraron en la cultura, lo naturalizaron. Todo lo que se había ganado entre 1925 y 1973 se perdió de un plumazo. Con el regreso de la democracia, el Estado Laico, fue una de las muchas cosas que no regresó.

Se quedó perdido en un pasado republicano que nunca debimos perder. El tener un Estado al servicio de un credo determinado nos perjudica en muchos aspectos. La discusión de las leyes, la distribución de los recursos, el debate de temas valóricos, el desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Las iglesias abogan por intereses que no siempre son el bien común, o lo mejor para el país, por lo mismo es que el Estado Laico cobra especial valor. Es la garantía para todos y cada uno de los integrantes de una nación de que su forma de pensar será respetada y valorada de igual forma que otra, nos garantiza que no se beneficiará a un grupo determinado por pensar o creer acorde a como piensa o cree el mandatario de turno.

Aún estamos muy lejos de recuperar el Estado Laico, pero no se logrará sin tener una nueva Constitución, una que sea construida por una asamblea constituyente y con la opinión de la gente.

A9xSJGICUAAaN8m

Facebook Comments