chile-españaTodo un país enfervorizado por el fútbol. Sufriendo con las derrotas y en éxtasis con los triunfos de su selección nacional. Ese país puede ser Chile, pero también cualquier otra nación del mundo. Eso es lo que provoca el denominado deporte rey. El punto culmine de las pasiones futboleras, mezcladas con algo de nacionalismo o patriotismo, se da con el campeonato mundial de fútbol. Ese acontecimiento global que sucede cada 4 años, y que hemos visto en primera fila por la cercanía de la sede de este año, Brasil.

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Body o pijama de la Universidad de Chile para bebés

Cuando niño, en mi casa tenía la obligación a ser hincha de la Universidad de Chile, el club de los amores de mi padre. Tal como me obligó a hacerme católico sin preguntarme, me hizo chuncho. Al poco crecer y darme cuenta que mi familia estaba dividida por la pasión alba de mi madre por Colo Colo, dije, voy por el Colo. Principalmente por joder a mi padre. Por joder, nunca me gustó Colo Colo.

Con el tiempo dejé de ser católico. También dejé mi camiseta blanca con la marca de autos Lada en el pecho, guardada en un rincón del clóset. Racionalicé un poco la pasión futbolera y seguí una enseñanza futbolística básica. El club deportivo es del barrio, de ese barrio son su fanáticos.

Como había vivido en 4 ciudades distintas antes de cumplir los 18 años, me era difícil. Hasta que encontré mi barrio. Ese barrio, es el Barrio Universitario, en Concepción. Ahí está ubicada la Universidad de Concepción, mi alma máter. Había encontrado mi club deportivo a los 19 años de edad.

La barra de la Universidad de Concepción

La barra de la Universidad de Concepción

Lo racionalicé, lo pensé, lo adopté como filosofía de vida y me vestí de amarillo y azul para ir al estadio todos los fines de semana a alentar a un equipo del que me hice parte. En la barra, con “Los del Foro”.

Tal como me sacudí del catolicismo para volverme ateo y reconocerme librepensador, descartando mitos y leyendas religiosas, así mismo me sacudí de la herencia futbolística de mis padres y elegí mis colores propios. Y hoy sentado frente al televisor, viendo como Alemania golea  a Brasil, me entretengo con un buen partido, pero no caigo en las venganzas colectivas y fanáticas por la eliminación de Chile frente a los brasileños.

Pero ¿qué pasa con la gente que no tiene todo este camino reflexivo en su vida?. ¿Qué pasa con los millones de seres humanos que no cuestionan ni la religión de sus padres, ni el equipo de fútbol de sus padres? Ellos se quedan ahí, sin oportunidades. Tal como las barras bravas se matan en los alrededores de los estadios, así mismo los fanáticos religiosos se eliminan, auto inmolan e intentan destruir a un otro porque no tiene los mismos colores que ellos, no sigue la misma idea que ellos, ni adoran al mismo dios.

Quienes ven el fútbol como una religión caen en un dogma. El fútbol es un deporte, hay que disfrutarlo. Ir al estadio con los amigos, la familia, compartir con los hinchas del club contrario, que no es un enemigo, es un adversario. Si las religiones pensaran que sus creencias son una entre muchas, y que además hay personas que no creemos en dioses, el mundo sería un mejor lugar.

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Bombardeos en la Franja de Gaza

Vuelan los misiles en dirección a Jerusalén, contraataca Israel y bombardea 50 puntos en la Franja de Gaza, ahora que termino esta columna ya van 23 muertos y ellos son sólo un puñado más entre las miles de vida que ha cobrado la eterna conquista de la denominada “Tierra Santa”.

Ser fanático o dogmáticos, es enceguecerse por un color, una bandera o una idea. Mi manera de ver la vida es libre de dogmas, alegre por los colores que representan mi vida, como mi activismo ateo o como mi club deportivo, pero consciente de que mi club es uno entre muchos.

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La Fundación Sociedad Atea está compuesta por librepensadores, laicos, agnósticos, escépticos y ateos. Tenemos la convicción de que el pluralismo y la aceptación de la diversidad son el punto de partida para que la sociedad acepte el laicismo, el agnosticismo y el ateísmo con naturalidad.

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