“El 14 de La Florida se renueva para ser el epicentro del suroriente de Santiago”. Así titulaba el jueves pasado El Mercurio, dando a conocer el ambicioso plan del municipio de esta comuna que busca intervenir y reactivar el tradicional sector de Vicuña Mackenna y Américo Vespucio, para convertirlo en uno de los puntos neurálgicos de la capital. La inversión comprende un nuevo centro cívico, un edificio consistorial ecológico, una fuente de agua de 14 metros y la más extraña guinda de esta torta: una enorme cruz, también de 14 metros, coronada por un juego de campanas que tañerán cada quince minutos para el deleite del transeúnte.

“Queremos que sea el icono de la comuna y que la gente, cuando piense en La Florida, no piense en el mall sino en la cruz”, expresó su alcalde, Rodolfo Carter, el mismo que entregó cuadernos con su fotografía a miles de estudiantes con un mensaje que “rezaba”, entre otras cosas: “Dios dispuso que ahora sea el alcalde nuestra hermosa comuna”.

Por cierto, lo que hizo posible la elección de Carter como alcalde no fue ningún dios, sino la Ley Orgánica Constitucional de Municipalidades. Y vaya que costó. Días antes, una inspiración divina también había influido sobre el Concejo Municipal de Temuco, que aprobó el desembolso de 32 millones de pesos para levantar un monumento evangélico en la plaza del Hospital Regional de La Araucanía, con placas que llevarán inscritos pasajes de la Biblia. Todo esto, al parecer, también para deleite del peatón.

Lamentablemente, el financiamiento de figuras religiosas con fondos públicos no es nada nuevo y ejemplos sobran. De hecho, la cruz del alcalde UDI parecería un simple juguete al lado de cierto coloso que descansa desde hace más de diez años sobre los cerros de la ciudad de Coquimbo, en el norte de nuestro país.

En 1999, el entonces alcalde de la ciudad puerto, Pedro Velásquez, decidió que pasaría a la historia convirtiendo la comuna en una especie de Mundo Mágico de los credos. En homenaje a los 2 mil años del nacimiento de Cristo inauguró el monumento religioso más imponente del país: la Cruz del Tercer Milenio, de casi cien metros de alto, bajo la cual funcionan dos capillas y el “Museo Jorge Medina Estévez”, en honor al cuestionado cardenal. No contento con eso, cuatro años después plantó sobre otro cerro, sin preguntar a nadie, una mezquita de cuarenta metros. Sus planes de continuar salpicando la comuna con iconos religiosos construidos con recursos públicos y privados —luego era el turno de una sinagoga— se vieron frustrados por un pequeño inconveniente: la justicia lo declaró culpable defraude al Fisco por la compra irregular de terrenos y fue destituido de su cargo.

Hoy Velásquez es diputado. Y  Coquimbo, la quinta comuna más endeudada del país.  No hay justificaciones para que un municipio privilegie y enaltezca un culto sobre cualquier otro y menos con dinero de todos. Las razones que pudieran esgrimirse para gestionar y financiar un monumento a la fe evangélica en Temuco son las mismas para, por ejemplo, levantar un monolito a Kólob, el planeta donde se encuentra el trono de Dios según la creencia mormona. Y así como Carter eligió imponer a sus vecinos una cruz de 14 metros en uno de los puntos más importante de La Florida, también podría haber clavado un gran poste de madera, instrumento en el que habría sido ejecutado Jesús según los Testigos de Jehová. ¿Y por qué no un busto descomunal de Xenu, el dictador de la Confederación Galáctica que trajo a los primeros humanos a la tierra hace 75 millones de años, según la Cienciología?

El laicismo es un principio indisociable de cualquier sistema político que se llame a sí mismo democrático, ya que garantiza el cumplimiento del respeto al libre examen y la voluntad de las personas por sobre cualquier consideración de tipo confesional y dogmática, respetando la diversidad en tanto no perjudique la integridad ni el derecho de emancipación de cada uno.

Permitir en La Florida manifestaciones espirituales públicas es preservar y fomentar la diversidad. Forzar a que los floridanos deban convivir con una una cruz del tamaño de un edificio de cinco pisos no lo es.

¿Acaso el alcalde de turno de cualquier comuna puede escoger a su antojo —y con la venia de un concejo casi sin facultades—cualquier monumento de carácter religioso solo porque así le parece? ¿Ninguna de estas autoridades, elegidas por vecinos de distintas convicciones y credos, piensa que mezclar opciones espirituales íntimas con gestión o recursos públicos debería ser inaceptable en un Estado laico? ¿Sabrá Carter lo que es el laicismo? ¿Habrá leído durante las clases de historia, en su época colegial, sobre el enorme avance que significaron las llamadas “leyes laicas” y la necesaria separación entre las creencias y tradiciones religiosas y la “cosa pública”?

La lucha por un verdadero Estado laico es, entre muchas otras, la lucha por la emancipación de la conciencia, y condición de aquello es limitar las creencias religiosas al ámbito privado. Esto no significa que debamos ocultar nuestros ritos o encerrarnos para poder orar. En Chile existe libertad de culto y la Constitución garantiza a todos el derecho a expresar su espiritualidad, agruparse, formar iglesias y templos, asistir y realizar actividades tan masivas como su iniciativa lo permita. Pero cuando esta empresa asume su dimensión social y no solo personal, debe necesariamente perder su dimensión política, ya que solo el Estado es la res pública, la cosa de todos, del laos. Por su parte, el Estado se compromete a no utilizar la coerción para imponer una pauta oficial de vida, y a hacer uso de aquel monopolio para impedir que personas u organizaciones impongan a otros miembros del laos su versión de “lo bueno”. Carter y el concejo de Temuco, desde la organización del municipio, hacen todo lo contrario: abren las arcas fiscales de todos para financiar equivocadamente el proselitismo de algunos.

En esa lucha por un país laico, los alcaldes que compran pintura para escribir pasajes bíblicos en una plaza o los que erigen cruces a diestra y siniestra no están aportando su grano de arena, sino más bien horadando el terreno. Tal como los presidentes que citan pasajes bíblicos en sus discursos, los legisladores que rechazan el aborto terapéutico por razones ligadas a sus credos, o los líderes políticos que llaman al arzobispo de turno para oficiar de mediador ante cualquier conflicto social. Tal como quienes “en el nombre de Dios” (¿por qué no en el nombre de Jehová, de Gokú o del Monstruo de Espagueti Volador?) abren las sesiones en la Sala del Senado. En definitiva, todos aquellos que secuestran la política y los derechos individuales en nombre del falso monopolio de la virtud.

 

Publicado en el Quinto Poder por Eduardo Ávila.

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