Con José Saramago se fue uno de los pocos librepensadores que quedaban.

Cuando el señor, también conocido como dios…”. Las dos con minúscula. Así empieza ‘Caín’, la última novela publicada por José Saramago. Un pequeño gesto –de estilo, pero también, desde luego, de clara intención demoledora– que evidencia sólo una puntita del gigantesco iceberg -hecatombe y temblor en los mismísimos cimientos de la cultura- que ha supuesto el conjunto de su obra dentro de nuestra moral de estirpe judeocristiana. Pocos se atreven a escribir dios con minúscula, ni siquiera los más convencidos ateos; tan grande es el peso de la costumbre y la pertenencia a una cultura determinada.

Descubrí a Saramago a los veintipocos años, leyendo su ‘Evangelio según Jesucristo’, obra que le valió el exilio voluntario de su país natal. En él encontré un alma gemela, una valentía y una libertad desconocidas. Desde entonces ha sido una bestia negra para los sectores más conservadores y católicos. ‘Caín’ fue una novela duramente atacada por el Vaticano antes incluso de su publicación. Y es lógico; el terremoto de Saramago consiste en colocar a dios como el malo de la película; un figurante más, un personaje más de sus novelas, con todos los vicios y maldades imaginables por atributos. Un dios cutre y malintencionado, torpe y errático, cruel y caprichoso, asesino despiadado, juez de métodos injustos; en definitiva, la mismísima encarnación del mal. Y todo ello contado en el marco de una trama conocidísima, cogida literalmente de las narraciones bíblicas, Génesis y Evangelios. En esencia, Saramago niega la existencia de dios ya que, si existiera, sería todo lo contrario a lo que su naturaleza divina demanda.

La escritura de Saramago, de un estilo duro y una poética de mazazo, está repleta de ironías y ocurrencias geniales; funciona muy bien como metáfora de una cultura y sociedad profundamente enfermas, las nuestras, cuyos cimientos ideológicos y religiosos, capitalistas y alienantes, son incompatibles con la idea de democracia auténtica y el respeto a los derechos del individuo. Un sistema cimentado en una ética de la crueldad y la barbarie como algo consustancial a la condición humana y de difícil solución o escapatoria. Pesimista lúcido y desesperanzado, su obra es de las más auténticas y comprometidas del panorama creativo contemporáneo, extraña al artista adocenado, complaciente o domesticado.

Con Saramago se ha ido uno de los pocos librepensadores que quedaban. Consciente de que su pensamiento y escritura no iban a cambiar el mundo, reclamaba, no obstante, su derecho a ejercer de “mosca cojonera” para toda una cultura o civilización. Comprometido con una izquierda utópica, auténtica e inexistente; una izquierda soñada y demandada, desde hace tanto tiempo, por una élite intelectual cada vez más escasa.

Escrito por Andrés García Ibáñez

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