cardenal 2Con las últimas declaraciones del Cardenal Jorge Medina en que hace un llamado directo a “sus” parlamentarios de la Democracia Cristiana  a que “no tengan miedo a perder votos”, haciendo referencia a que sigan su formación cristiana al votar en contra el proyecto de acuerdo de vida en pareja, pone de nuevo en la mesa la discusión sobre la influencia de la Iglesia en la política.

¿Con qué derecho el Cardenal Jorge Medina se puede dar el lujo de enviar una carta a la Comisión de Constitución del Senado para manifestar su rechazo al proyecto de ley de Acuerdo de Vida en Pareja?

Esta misiva de rechazo evidencia su odio, su discriminación y su incomprensión por la diferencia que por lo demás, es compartido por la gran mayoría de los cristianos, evangélicos y católicos.

Además el señor Medina es capaz de decir en el mismo texto que entregó al Congreso que no es homofóbico y que “si una persona tiene tendencia homosexual, lo voy a tratar de la forma correcta, como se debe tratar a cualquier ser humano, pero como católico, yo no puedo aceptar  los actos homosexuales porque están fuera del orden de la naturaleza”. 

Lo grave de toda esta situación es que hoy todavía se le de tribuna a personas con discursos decimonónicos que desde hace años son piedras de tope para que nuestro país avance en materias tan relevantes como la igualdad de derechos para todos las personas.

Peor aún, este líder eclesiástico apela a su “sector”, compuesto por la UDI, RN y la DC. Con contadas excepciones estos partidos acogen las visiones retrógradas de las iglesias y entorpecen proyectos de ley claves para sacar a Chile de las catacumbas legislativas en las que se encuentra.

No es posible que nuestro país sea uno de los pocos en no tener aborto terapéutico, por ejemplo. Los legisladores tienen que representar a todos los ciudadanos, velar y votar por el bien común y no por intereses particulares de un grupo determinado  o porque su pastor les dijo que decidieran basado en los dogmas de su fe.

El problema de fondo está en que Chile perdió toda laicidad y el pudor de los líderes religiosos por entrometerse directamente en política desapareció por completo. 

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