Si la gran mayoría de los pensadores han sido hombres, se debe exclusivamente a que para pensar hay que ser libre y la mujer lleva muy pocas generaciones gozando de libertad. Este cuasi monopolio masculino de las ideas ha hecho que la erotización del pensamiento recurra normalmente a imágenes femeninas, así la Libertad, la Verdad, la Belleza y en general muchos otros conceptos se han retratado alegóricamente como mujeres voluptuosas.

Las ideas producen fascinación y, como las mujeres, exigen una serie de sacrificios. Muchos pensadores han terminado viviendo en paupérrimas condiciones económicas –espero que no sea mi caso– o aislados del contacto humano por el amor y la seducción que las ideas les producen. Sí, la analogía del amor erótico es tal vez más que una analogía cuando describe la relación de un pensador con un concepto o una visión determinada.

“No estoy casado con la idea” reza, sin embargo, una expresión norteamericana.  Las ideas pueden pedirle al pensador todo el amor que una amada puede pedirle al amante y algunas mujeres de carne y hueso han visto como un hombre las ha sacrificado por un ideal, sin embargo, una idea no puede aspirar al matrimonio, porque una idea no puede pedir fidelidad.

El pensador que se aferra a una sola visión del mundo bien puede darse por muerto y anquilosado para el mundo del pensamiento. El filósofo, por ejemplo, tiene como deber estar enterado de aquello que está pasando en las ciencias y la obligación de abrirse a la sensibilidad artística. Los verdaderos artistas  suelen tener además compromisos políticos –no siempre afortunados –y frecuentemente se asoman a otras artes para desarrollar mejor el arte propio. Los científicos deben informarse de lo que sucede en otras ciencias y no sería malo que volvieran a informarse de aquello que está ocurriendo con la Filosofía.

No existe ridículo más grande que aquel hombre que se aferra a aquella idea que se ha demostrado falsa o incluso meramente pasada de moda. Muchas estéticas que se enarbolan como teorías del arte no son más que modas esnobistas que, pasados algunos años –incluso algunos meses –, se convierten en palabrotas que vuelven a quien las profiere un espécimen totalmente demodé: si alguien viniera a establecer como norma artística el Realismo Socialista y desprestigiar las obras rivales como contrarrevolucionarias, le preguntaríamos si habla en serio.

El terreno de la Ciencia es aún menos indulgente que el terreno del arte. Una estética antigua siempre puede reaparecer si se viste con el prefijo ‘neo’, en Ciencia en cambio, una teoría destruida será algo que rara vez se levante de las cenizas. Ningún científico decente intentará probar que la tierra es plana, ni que las enfermedades surgen por generación espontánea y los intentos por demostrar la creación por sobre la evolución  han caído en el más supremo ridículo. En Filosofía, hace tiempo que la descripción y explicación de los hechos fue dejada a la ciencia y la actividad filosófica se preocupa más bien de encontrar o construir el sentido de tales hechos ante nosotros. Ningún aristotélico contemporáneo se atrevería a sostener la vigencia de la “Física” de ese pensador, de la que sólo sobrevive una definición de tiempo: “el tiempo es el número del movimiento”; ningún platónico se atrevería a establecer como filosóficas las cuestiones derechamente teológicas del “Timeo”.

Pero fuera del mundo de la academia, somos víctimas de la barbarie. Nos aferramos a nuestros puntos de vista hasta que ya no importa el error o la verdad de los mismos. Queremos imponerlos por el mero gusto de hacerlo ¿realmente las ideas tienen la necesidad intrínseca de replicarse igual que los genes?  ¿Cómo puede entenderse entonces el aferramiento de las personas a explicaciones que son sabidamente erróneas? ¿Puede haber alguna utilidad en una explicación o descripción de las cosas tan poco funcional?

Muchos hombres y mujeres transitan por la vida fielmente casados con sus ideas, muchas de las cuales reciben el nombre de principios o valores, así como una mujer recibe el título de señora, pero ¿cuántos de estos principios son realmente principios y no meros prejuicios? ¿Cuántos de esos valores mantienen todavía hoy su valor? No existe NINGUNA  idea lo bastante sagrada como para no merecer la crítica más despiadada. Las buenas ideas sobreviven y se fortalecen por medio de este ejercicio…  la gran mayoría, sin embargo, perece ante el descubrimiento de sus contradicciones internas. Pero así, casados con nuestras ideas, caminamos por la vida de la mano con nuestras visiones de mundo y nuestros paradigmas personales, así entramos a las iglesias, los tribunales y las urnas y con ellas, sin el más mínimo cuestionamiento, tomamos la gran mayoría de nuestras decisiones.

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