Aborto1“Cuando un sector de la sociedad pretende imponer al resto los valores basados en sus creencias religiosas, deberá aceptar que esas creencias sean examinadas por los distintos actores sociales de la comunidad de la que participa”.

Era esperable que cierto sector de la sociedad se pusiera en guardia ante el proyecto de legislar sobre el aborto –apenas terapéutico– que ha surgido del gobierno. Lo sorprendente, sin embargo, es el tenor de tales objeciones y la actitud con la que han sido expuestas. Por ejemplo, Manuel Ossandón afirmó que “Hay valores como la vida que no son transables. Hay personas que ponen el énfasis en defender el derecho de la mujer a decidir qué pasa con su cuerpo y hay otros que ponemos el énfasis en defender la vida en cualquier estado” y otra representante de la familia, la concejala Bernardita Paul Ossandón, anunció que tampoco está a favor del aborto, pero “sí de entregar redes de apoyo a la niña que quizás fue violada y a quien su madre quiere practicarle un aborto.”

En el primer caso, Manuel Ossandón supone que la vida del que está por nacer es una vida humana, pero no se hace cargo de ninguna clase de argumento para afirmar que esa vida efectivamente lo sea. Esto solo se explica porque para él el hecho de que el embrión sea una vida humana es obvio y evidente. Esta evidencia, sin embargo, no encuentra otro asidero que los argumentos teológicos que el senador no expone, pero que, sin embargo, evidentemente supone.

En el segundo caso, además de negarse tajantemente al aborto, Bernardita Paul Ossandón justifica el apoyo a una niña violada, es decir a una persona que por su edad no es responsable de sus actos –dice “niña”, no “mujer”– y la pone como víctima no de la violación, sino del deseo de su madre de practicarle un aborto. Aquí también se muestra una moral cristiana con un fundamento teológico según la cual el sexo conlleva responsabilidades morales, además de que no se menciona el caso del aborto propiamente terapéutico, es decir, en caso de riesgo para la vida de la madre y/o del embrión o feto. Esta última noción permite suponer nuevamente la idea cristiana de intervención divina, es decir, algo así como que si el embarazo enferma a una mujer, es por la voluntad de su dios.

Al fundamentar sus posturas en argumentos teológicos expuestos o no –en todo caso, sin demasiada presión suelen ser expuestos descaradamente–, la derecha conservadora abre el debate de la cuestión religiosa, es decir, el debate acerca de la influencia de la religión en un Estado que, desde 1925, declara ser laico, o sea, un estado que no promueve el establecimiento de ninguna religión en particular, pero que permite el ejercicio de todas mientras no atenten contra la moral, la ley o el orden público. En este contexto, si una o más religiones pretenden limitar el laicismo de ese Estado, es también legítimo que dicho Estado, en orden a mantener su laicismo, respetar la ley y el orden público, limite la acción de aquellas religiones. En este momento, por ejemplo, la legislación vigente ordena que se impartan clases de religión en colegios públicos como parte del currículum escolar. En la mayoría de los casos, dichos cursos no son más que catequesis católica o evangélica financiada por el Estado laico. Si son precisamente aquellas doctrinas las que están impidiendo que un debate que debiera ser simplemente secular se articule en términos estrictamente seculares ¿no debiera el Estado dejar de financiar la propagación de esas mismas doctrinas?

En el plano público no estatal, la recurrencia a argumentos teológicos permite que los interlocutores del debate público examinemos la pertinencia de dichos argumentos así como su mismísima veracidad, en otras palabras ¿por qué debiéramos aceptar el concepto “cristiano” de familia? ¿De dónde saca usted que los preceptos bíblicos o cristianos tienen validez? Y, en última instancia ¿cómo puede usted afirmar la existencia de un dios y su adscripción a tal o cual corriente religiosa?

Cuando un sector de la sociedad pretende imponer al resto los valores basados en sus creencias religiosas, deberá aceptar que esas creencias sean examinadas por los distintos actores sociales de la comunidad de la que participa. En este proceso, bien puede resultar que al ir por lana, los grupos conservadores salgan trasquilados, ya que hace mucho tiempo que los argumentos teológicos no han soportado el escrutinio del libre examen de la razón. Para que esto ocurra, sin embargo, es necesario que los librepensadores ejerzamos este librepensamiento tanto en público como en privado, para que, de esta forma, podamos contribuir a la vida intelectual y a la riqueza existencial de nuestra nación.

 

Fuente: El Dínamo

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