Blasfemia, 1. f. Palabra o expresión injuriosas contra alguien o algo sagrado.

Sobre esa amplia definición se sostienen en la actualidad leyes que multan, encarcelan y en algunos países hasta otorgan la pena de muerte a individuos que se atrevan a expresar algo que hiera los supuestos sentimientos de algún mágico ser invisible o alguno de los libros que esos seres invisibles solían dictar a los hombres de la antigüedad sin dejar ningún otro tipo de evidencia.

Esta retrógrada práctica, que contradice la libertad de expresión, libertad de conciencia y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no solamente puede encontrarse en Medio Oriente y Noráfrica, donde el 90% de los países poseen penas en contra de la blasfemia y apostasía, sino que también existen tales leyes en lugares de Oriente y Occidente.

Si bien tal ley no existe en Chile, diez países de nuestro continente, entre los que se encuentran Brasil y Canadá, cuentan con leyes anti-blasfemia y considerando todos los lugares donde la gente no cuenta con la libertad de criticar abiertamente una religión, en el año 2009, el Center of Inquiry creó el Día Internacional del Derecho a la Blasfemia, como un movimiento que insta a dichos países la eliminación de tan absurdas leyes.

¿Eso significa que apoyamos vandalismo contra objetos “sagrados”?
Claro que no. Una cosa es el derecho a libre expresión, ya sea criticando o satirizando abiertamente una religión y otra cosa muy distinta es el respeto a la propiedad privada y al legado histórico, por lo que conductas como la reciente profanación de la Iglesia de la Gratitud Nacional son totalmente reprochables desde todo punto de vista.

Con todo ello presente, hoy, viernes 30 de septiembre, nos unimos a la celebración, esperando que en el futuro no sea tabú decir abiertamente que uno u otro libro es inmoral u obsoleto por promover asesinatos, esclavitud, homofobia u opresión hacia las mujeres (elija acá su libro religioso monoteísta favorito).

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