En Latinoamérica los regímenes más proselitistas cuando se trata de hablar de Dios son los bolivarianos. Chávez, Maduro y Correa son más canutos que Piñera.

CRISTOBAL BELLOLIOABOGADO Y PROFESOR U. ADOLFO IBÁÑEZ. ME-O PIÑERISTA“Ha llegado el momento de decirlo: quien vote por Bachelet simplemente ha renunciado a su impronta cristiana, a su proyecto de vida cristiana, a su destino cristiano”, escribió en su habitual columna de los miércoles el historiador Gonzalo Rojas. A su entender, las definiciones del programa presidencial de la Nueva Mayoría –en especial en materia de matrimonio igualitario y ciertas formas de aborto– abrirían una brecha insalvable entre el Bacheletismo y los valores religiosos tradicionales de la nación chilena. Días después, el ministro Cristián Larroulet subrayó el mismo punto desde La Moneda, agregando que en un eventual segundo gobierno de Michelle Bachelet “se promoverían valores contrarios a la familia y la vida”. Finalmente llegó el turno de la propia candidata Evelyn Matthei, quien criticó a la ex mandataria por perseguir la instalación de un “Estado Laico” en Chile, lo que en sus palabras amenazaría el lugar que Dios tiene en el centro de nuestras vidas. Esto, en el contexto de la celebración del día de las Iglesias Evangélicas y Protestantes.

Si, como dice Larroulet, Bachelet “gira a la izquierda” con su nueva propuesta, perfectamente podríamos decir que entonces Matthei gira a la derecha: en lugar de salir a conquistar un electorado liberal y moderado sale a la caza del mundo evangélico y confesional. Quizás no sea una mala estrategia desde el punto de vista estrictamente electoral. Con voto voluntario lo relevante es movilizar a los propios antes de tratar de convencer a los dudosos.

Sin embargo, desde la perspectiva cultural y política es una batalla que la derecha ya perdió una vez. Corría 1999 y Joaquín Lavín les recordaba a los chilenos que su candidatura representaba los valores cristianos en contraste a la candidatura de Ricardo Lagos, declaradamente agnóstico. Lagos respondió que sus valores –los del Instituto Nacional y la Universidad de Chile– eran los valores de la clase media laica y republicana chilena. Se acabó la discusión. Años más tarde elegiríamos a una mujer, agnóstica y madre soltera, contra el mismo Lavín que decía en los debates que no quería un Chile donde su hija anduviera con condones en la mochila.

Según Gonzalo Rojas, Bachelet promueve uniones no heterosexuales “porque no cree en la familia y nunca la ha practicado”. Sin ser bacheletista –ni cristiano– creo que Michelle se merece en este punto una defensa. Su valoración de la familia está conectada con una definición mucho más inclusiva: ya no sólo se trata del tipo tradicional prescrito en la letra bíblica sino de la capacidad de establecer relaciones afectivas duraderas sin discriminación de género. En rigor, Bachelet cree en la posibilidad de más familias que en las que cree el propio Rojas y el mundo evangélico.

Matthei también se equivoca al sostener que sacar a la religión del espacio público es un anhelo típicamente socialista. En Latinoamérica los regímenes más proselitistas cuando se trata de hablar de Dios son los bolivarianos. Chávez, Maduro y Correa son más canutos que Piñera. El “Estado Laico” que tanto teme Evelyn es realmente un requerimiento clásico del liberalismo y de todos los países que se toman en serio el asunto de separar Iglesia y Estado.

Columna Publicada en LUN.

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