**Por Ramón Menanteau Benítez

cristianosHace ya bastante tiempo; varias décadas, que E. Brehier escribió tajantemente: “No existe una Filosofía Cristiana”.  Naturalmente, esto causó revuelo en el lado católico.

Intervinieron R. Jolivet, G. Marcel, M. Blondel, J. Maritain y otros con argumentos bastante modestos.

La publicación jesuita Cahiers en su Vol. X, MCMXXXIV hizo una recensión del modesto debate.
Me parece que hay algo que enmendar en la negación de Brehier. Claro no hay una Filosofía Cristiana sino que además es imposible que la haya.

Argumentaremos desde dos puntos de vista: a) desde el punto de vista histórico, y b) desde el punto de vista lógico.
Comencemos por lo indiscutible.

a) El Evangelio es una fe o una firme adhesión a Jesús. El Reino de los Cielos es el advenimiento de los pobres: sólo los pobres se salvarán. La parábola del rico Epulón no es la parábola del rico malo, como se nos ha enseñado sino que lo es del rico simplemente.

La prédica de Cristo está inserta en la tradición salvífica de los profetas de Israel. Cristo es un judío y sólo a los de su nación predica. Recordemos la dura respuesta que da a la mujer cananea: “No echemos a los perros el pan de los hijos”.
En San Pablo sucesor inmediato de Jesús encontramos que sólo predica desde una fe.”Fe es la firme seguridad de lo que esperamos; la convicción de lo que no vemos” (Hebreos 11,1). La fe está por sobre la ley y por sobre la Filosofía.
Otro hombre del cristianismo primitivo, Tertuliano opone explícitamente a la fe con la teoría. Es famoso todavía su dicho: “Creo porque es absurdo”. Este dicho compendia la actitud fideísta del cristianismo más próximo a los Evangelios. Puesto en su contexto dice así: “El Hijo de Dios nació; no avergüenza porque es vergonzoso. El Hijo de Dios murió; es absolutamente creíble porque es absurdo. Sepultado, resucitó; es cierto porque es imposible” (De Carne Christi).
Pasaron los siglos, y de la prédica de Jesús anunciando su Reino – ¡oh ironía! – ha surgido la Iglesia. (*).
b) Desde un punto de vista lógico.
San Pablo y Tertuliano se encontraron con un pensamiento griego.
Santo Tomás de Aquino (s.XIII) se encuentra con el pensamiento griego en todo su esplendor. Se encuentra con Aristóteles. ¿Qué hacer con él? ¿Para qué nos puede servir?.
La respuesta de los teólogos fue simple. El objeto de la fe lo aprehendemos no como una evidencia, sino que lo aceptamos por la autoridad, por la gracia de Dios.

(*)La expresión exacta es “Jesús predicó el Reino y lo que vino fue la Iglesia”. (A.Loisy, sacerdote católico excomulgado).

De ahí los esfuerzos para demostrar, previamente, la existencia de Dios. Veamos “donde hay varias causas subordinadas, debe haber también una causa primera no causada; en el mundo hay muchas causas subordinadas. Luego debe haber una causa primera no causada a la cual todos llamamos Dios”. (Summa Teológica Iª,q.2,a.3.).
Tal es, en resumidas cuentas, una de las célebres “pruebas” tomistas de la existencia de Dios.
Desde el lado racionalista se la llama no prueba sino paralogismo. Paralogismo que hace ya mucho tiempo ha quedado en evidencia: “Que haya causalidad en el mundo no prueba en absoluto que haya una causalidad del mundo… es una extrapolación que hace surgir a un ser que trasciende a la realidad cognoscible” (León Brunschvicg. Las Edades de la Inteligencia).
Bien poco importa la opinión del sentido común que es el residuo de todos los prejuicios que en el mundo han sido.
La Filosofía no tiene ningún lugar en la prédica de Cristo.
San Pablo embuste explícitamente en contra de ella.
Tertuliano la desprecia.
Algo más, la Filosofía, por razón de su íntima contextura, no puede garantizar a ningún artículo de fe. No puede garantizar a ningún Credo.
Esperamos desarrollar esto último en un escrito que ha de sobrepasar los límites de un artículo.

** Ramón Menanteau es Licenciado en Filosofía de la Universidad Austral de Chile y fue catedrático en la Universidad de Chile desde 1975 hasta el 2010.

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