El 15 de septiembre de 2010, “Nuestra Señora de los Dolores”, según el calendario católico, entregué una carta en las oficinas del Arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz Ossa, exigiendo mi derecho a la apostasía; la renuncia formal al bautismo católico. En la carta manifestaba a Errázuriz que “distante de una juvenil complicidad con la Iglesia Católica, enfrentado a la paradoja de una institución castigadora, abusiva y desprestigiada en su ejercicio ético, asumo abierta y públicamente una posición de rebeldía, ejerciendo mi derecho a la apostasía. Esta decisión responde al hecho de que me siento profundamente violentado por los abusos que protagonizan autoridades eclesiales y en rechazo a las ilegítimas intervenciones de la Iglesia Católica en materias civiles, sexuales y reproductivas, impidiendo la implementación de políticas públicas que respeten el ejercicio de una ciudadanía plena”.

El 19 de septiembre de 2010 en medio de las actividades del Bicentenario en Chile, Fundación Víctor Jara y el Movimiento por la Diversidad Sexual MUMS convocan a la primera “Fonda Gay”, incluyendo en su mensaje político la lectura de mi carta renuncia, remarcando ahí que “en conformidad con lo previsto en el artículo 6º de la Ley 19.638 que establece la libertad religiosa y de culto, exijo mi exclusión de todos los registros de la Iglesia Católica y el reconocimiento del acto de apostasía, actuando en nombre e interés propio y en virtud de mi derecho a decidir libremente sobre mis compromisos éticos y morales”. Más tarde, en plena Marcha del Orgullo Gay/Lésbico/Trans de Chile, insisto en la lectura pública de la misiva a la máxima autoridad eclesial de Santiago exigiendo “una respuesta por escrito a mi solicitud durante los próximos 10 días hábiles”.

Transcurridos los 10 días y sumados otros 30 de larga espera, el 28 de octubre de 2010, acompañado de Rodrigo Román, abogado de la Defensoría Popular, interpuse un Recurso de Protección en la Corte de Apelaciones de Santiago por cuanto “a través de una omisión arbitraria e ilegal se me privaba y/o perturba del libre ejercicio de mi derecho a la libertad de conciencia, la manifestación de todas las creencias y el ejercicio libre de todos los cultos, garantizado en el numeral 6º del artículo 19º de nuestra carta fundamental, solicitando se adopten las providencias necesarias para restablecer el imperio del derecho”. La  presentación fue acompañaba de cómplices activistas de la diversidad sexual como MUMS, ACCIONGAY, Sindicato Amanda Jofré y medios de comunicación LGTB, como Radio Mitos, que informó de la presentación en los Tribunales de Justicia, mientras los medios de comunicación tradicionales, oficialistas y/o uniformados, guardaron pastoral silencio.

Inesperadamente para muchos e ingrata sorpresa de las autoridades católicas, el 29 de octubre de 2010, la Primera Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago acogió a tramitación el Recurso de Protección señalando que: “Atendido el mérito de los antecedentes y por no existir unanimidad para la inadmisibilidad del recurso en los términos del inciso segundo del Nº 2 del Auto Acordado sobre tramitación del Recurso de Protección de las garantías constitucionales de la Excma. Corte Suprema, se declara admisible el mismo”. De igual modo, pidieron en su resolución: “Informe a la recurrida (Arzobispo de Santiago), quien deberá evacuarlo en el término de cinco días remitiendo a la Corte de Apelaciones, conjuntamente con su informe, todos los antecedentes que existan en su poder sobre el asunto que ha motivado el recurso, bajo apercibimiento de aplicarle alguna de las sanciones que establece el Auto Acordado respectivo”.

El conocimiento del histórico fallo de la Corte de Apelaciones se produce – curiosamente- en vísperas del 31 de octubre, la previa del popular Halloween en Chile. ¿Dulce o travesura? Así, jugando a “dulce o travesura” en Santiago de Chile, más bien traviesa y perversamente, la resolución de la Corte de Apelaciones es informada por diversos medios de comunicación tradicionales, radiales, escritos y televisivos, abriendo un interesante debate público sobre el derecho a la apostasía y las implicancias políticas, culturales y éticas del radical gesto de disidencia religiosa en Chile.

El 9 de noviembre de 2010, Francisco Javier Errázuriz Ossa responde a la Corte de Apelaciones de Santiago señalando que el demandante “ejerció la libertad de retirarse de la Iglesia Católica y de comunicar su decisión, quedando en total libertad de adscribirse a otra confesión religiosa, libertad de cuyo ejercicio nadie lo ha impedido”. Efectivamente, pero más bien presionado por la acción judicial, el cura párroco de “Nuestra Señora del Olivo” en populosa comuna de Conchalí, dejó constancia escrita en el libro histórico bautismal de mi “abandono” de la Iglesia Católica el 2 de noviembre de 2010, el mismo día en que se recuerda a “Todos los Difuntos” en el calendario católico.  Del mismo modo, junto con señalar que se procedió al “abandono” -más bien auto exilio- del apóstata solicitante, la máxima autoridad de la Iglesia Católica en Chile criticó abiertamente al Poder Judicial por interferir en su “autonomía”, declarando su “perplejidad” por la acción legal, apuntando a que “el Poder Judicial no tiene injerencia en materias propias e internas de la Iglesia Católica”.

Por mi parte, reivindicando mi bienvenido pasaje al infierno apóstata, expresé satisfacción y alegría por la conquista de una justa independencia cívica, religiosa y sexual, señalando la importancia de provocar un amplio debate que denuncie las contradicciones de una Iglesia Católica que defiende su autonomía, pero que igualmente interviene en decisiones políticas, legislativas y jurídicas relativas a materias educativas, sexuales y reproductivas, ejerciendo presiones ilegítimas e indebidas sobre el Estado de Chile.

Ya ha más de dos años de la hazaña hereje y luego del polémico debate de la Ley antidiscriminación en el parlamento, reivindico mi particular y explosiva biografía apóstata judicial, denunciando las homofóbicas declaraciones de los pastores católicos y las campañas de odio emprendidas por ignorantes pastores evangélicos en ceremonias políticas oficiales, situaciones que ratifican la vigencia e importancia de enfrentar radical y colectivamente a los credos religiosos que se oponen a la libertad sexual en Chile.

Si bien mi apostasía judicializada puede entenderse como un gesto biográfico, personal e individual, sabemos que lo personal es político porque rompe el paradigma que alimentó por siglos una visión del mundo que suponía el divorcio entre la esfera de la reproducción y la producción, lo doméstico y lo público, lo individual y lo colectivo, lo personal, entonces, siempre lo político. En este contexto de político actuar, urge señalar lo contraproducente que debiese resultar para homosexuales, lesbianas y trans, pertenecer a iglesias castigadoras que usan nuestros nombres para sumar adherentes a modo de estadísticas, mientras castigan abiertamente nuestros deseos y personales prácticas de exquisito “pecado”.

Mucho antes de todas nosotros, incluyendo a nuestras compañeras feministas que iniciaron el camino de la apostasía en Chile, mientras Europa ardía en el fuego de la Reforma; entre predicaciones, guerras, excomuniones y confesiones de fe, algunos se destacaban por la fogosidad de su crítica religiosa, social y política. Eran los cuestionadores del orden social imperante, pero también del nuevo orden que se formaba, lo que les valió el rechazo por igual de católicos y reformados. Se les conocía de manera despectiva como rebautizadores debido a su firme oposición al bautismo de infantes. En sus prédicas, cargadas de una efervescencia profética, condenaban la opresión de los poderosos sobre el pueblo llano y anunciaban la llegada inminente de un nuevo  reino, que una vez establecido en la Tierra, instauraría una nueva era de paz y justicia para los pobres y campesinos.

El Bautismo de Infantes, la Propiedad Privada y el Estado les merecían el mismo rechazo, porque las consideraban partes integradas de un mismo sistema opresor. Se organizaban en comunidades, haciendo de lo colectivo su modo de vida. Así, los apóstatas de Roma y la Reforma, no tuvieron más destino que el propio de los rebeldes e insumisos, pues al no querer renegar de sus convicciones, debieron sufrir persecuciones, la hoguera y la vida errante del exilio. Sin embargo, a pesar de los siglos la flama hereje y revolucionaria no se consumió.

Hoy, en Chile, es posible escuchar ese mismo rechazo por las marcas infames a los cuerpos señalándolos como propiedades. Para los rebautizadores de hoy, feministas y disidentes sexuales, homosexuales, lesbianas y trans, nuestra política no puede ser otra que tomar conciencia de la rebeldía que nuestros propios cuerpos manifiestan, secando el agua que, echada sobre nuestras cabezas, buscó apagar el fervor de nuestros deseos. Somos cuerpos en trance, llenos de éxtasis y repletos de cadencias herejes. Somos rebautizadores de un bautismo de carne y fuego, porque al igual que los apóstatas de ayer, compartimos la inflamación de los discursos y las prácticas de bienvenidas ciudadanías del cuerpo cargadas de entusiasmo, rebeldía y revolución. “Alegría, alegría, llegó a Chile la apostasía”.

 

Texto dedicado a Fernando Karadima y originalmente leído en Seminario Internacional de Universidad de Chile e Instituto Hemisférico de  Performance y Política de la Universidad de Nueva York: “Ciudadanías del Cuerpo, Emplazamientos al Estado y a la Iglesia”,

Octubre de 2011.

 * Víctor Hugo Robles es periodista, activista y apóstata, conocido como “El Che de los Gays”, autor de “Bandera Hueca, Historia del Movimiento Homosexual de Chile”.

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